Pozo de los Humos Pereña google

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Fin de la vuelta Pozo de los Humos Pereña

 
 

Pozo de los Humos Masueco google

 
El famoso escritor bilbaíno Miguel de Unamuno dejó por escrito su fascinación al ver la cascada desde Masueco.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
"El primer pueblo de la Ribera a donde llegué fue Masueco, y lo cierto es que iba con impaciencia por dar vista al negrillo, que era, según el tío Mateo, un guía, el primero de España, y tal vez del mundo, en corpulencia. No le iba muy en zaga el otro, colosal también, al que conoció de retoño el tío Mateo, haciéndole bambolear la cabeza como cuando juegan a las migas los muchachos. ¡Lo que son los árboles! Así crecen ellos, sin duelos, penas, ni cuidados, ahondando sus raíces en la misma tierra en que nacieron, mientras abren su frondosa copa al mismo cielo siempre, formando en el otoño con su desprendido follaje el mantillo que les nutra de jugos para reverdecer en primavera. Como las hojas de los árboles son las generaciones de los hombres, decía el viejo Homero. Aquel negrillo que junto a la robusta fábrica de la iglesia de Masueco se desnuda todos los años para volver todos los años a vestirse de verdura, arraigando más en su propia cuna cuanto más fuerte se hace, ofrece con su espectáculo a los pobres labriegos que desfilan por la vida oscuro símbolo de la unidad del pueblo. ¡Cuántos al marchar a la emigración dirigirán sus últimas miradas a la amplísima copa bajo la cual jugaron sus juegos de niños, a aquella copa en que resuena la campana cuando congrega al pueblo a Misa, cuando toca a fiesta y cuando dobla a muerto!

No hay en el mundo para el tío Mateo un negrillo como el de Masueco. ¡Así ha crecido él, sin moverse de su sitio, mientras los pobres hombres, si quieren crecer algo, se ven obligados a emigrar!

Al siguiente día de mi llegada fuimos a ver la cascada de los Humos, en los arribes de uno de los afluentes al Duero. Era para hacer boca y abrir el apetito de la expedición a Laverde. Se sale de Masueco por una deliciosa quebrada, festoneada de frutales, y muy pronto se da vista a un paisaje agreste de severo ceño. Bajamos una escarpada pendiente en dirección a una aceña y muy pronto nos encontramos en el fondo de un tajo, entre abruptas escotaduras. A un lado se alzaba, dominando la barranca, un inmenso cuchillo de roca y tras él se perdía la garganta del río. Vadeamos éste y por un senderito de un empinado arribe llegamos a dar plena vista a la cascada.

Es singular el atractivo del agua. Estaríase uno las horas muertas contemplándola fluir, dejándose ganar el espíritu por la sensación purísima que su constante curso nos produce. El agua es acaso la que mejor imagen nos ofrece de la quietud en el movimiento, del solemne reposo supremo que del concierto de las carreras de los seres todos surge. En el estanque duerme el agua reflejando al cielo, pero con no menos pureza lo refleja en el cristal de un sosegado río, cuyas aguas, siempre distintas, ofrecen la misma superficie siempre. Y en la cascada misma, por donde se despeña bramando, preséntanos una vena compacta, una columna que acaba por parecer sólida. ¡Enorme fuerza la que sin aparato alguno, con la sencillez del coloso, despliega! Hubiéramos estado las horas muertas contemplando aquel inmenso chorro que salva un desnivel profundo del lecho de las aguas. Es una de las más hermosas caídas de agua que pueden verse entre aquellos tajos adustos. Divídese la cascada mayor en dos cuerpos debido a un saliente de la roca, y va a perderse en un remanso de donde surge el vapor que ha valido al paraje el nombre de los Humos. Junto a la inmensa vena líquida, a su abrigo, en las quebraduras y resquicios de la roca, anidan palomas que revolotean en torno del coloso. Este irá desgastando poco a poco el desnivel que le produce, y es seguro que cada año se achica la cascada, aunque sólo sea en un milímetro o en fracción de él. ¡Los siglos que habría necesitado el agua para excavar tales tajos y reducir análogas cascadas! (Miguel de Unamuno y Jugo) ".
 
El famoso escritor bilbaíno Miguel de Unamuno dejó por escrito su fascinación al ver la cascada desde Masueco.
 

Fin de la vuelta Pozo de los Humos Masueco